Las mujeres rurales que sostienen la vida… y enfrentan la desigualdad

Las mujeres rurales que sostienen la vida… y enfrentan la desigualdad

En los caminos de tierra, entre montañas, ríos y cultivos, viven millones de mujeres rurales en las Américas. Son quienes siembran, cosechan, cuidan, alimentan y transmiten saberes ancestrales. Son agricultoras, cuidadoras, defensoras del territorio y del agua. Sin embargo, su trabajo, esencial para la vida y la sostenibilidad de nuestras comunidades, sigue siendo uno de los más invisibilizados y desprotegidos.

La violencia de género no es un hecho aislado ni individual: es una expresión profunda de las desigualdades históricas entre mujeres y hombres, sostenidas por sistemas que concentran poder, recursos y decisiones en unos pocos. Afecta de manera desproporcionada a las mujeres porque se enraíza en normas sociales, económicas y culturales que desvalorizan su trabajo, limitan su autonomía y normalizan el control sobre sus cuerpos y sus vidas.

Erradicar la violencia de género es, por tanto, una tarea urgente y colectiva que implica transformar esas desigualdades estructurales, garantizar derechos y construir condiciones de vida dignas y libres de violencia para todas las mujeres, sin excepción.

La reciente Declaración de Derechos y el Decenio Interamericano por los Derechos de las Mujeres, Adolescentes y Niñas en Entornos Rurales (2024–2034), aprobada por la Organización de los Estados Americanos, reconoce por primera vez de forma explícita una verdad que las mujeres rurales conocen desde siempre: la desigualdad se vive con más fuerza donde el Estado llega menos.

Trabajo que alimenta, pero no protege

En América Latina y el Caribe, millones de mujeres rurales sostienen la seguridad alimentaria de sus comunidades. Trabajan la tierra, cuidan animales, conservan semillas y producen alimentos que llegan a nuestras mesas. Aun así, muchas lo hacen sin salario digno, sin acceso a seguridad social y sin derechos laborales.

Para muchas, la tierra que trabajan no les pertenece. No tener un título de propiedad significa vivir en una constante incertidumbre: no poder acceder a créditos, a programas productivos o a decisiones sobre el uso del territorio. Es una dependencia estructural que limita su autonomía económica y su capacidad de salir de situaciones de violencia.

Barreras que se acumulan

La vida rural suele implicar distancias largas, caminos difíciles y servicios escasos. Acceder a un centro de salud puede significar horas de caminata. Ir a la escuela, un privilegio interrumpido para muchas niñas y adolescentes que deben asumir tareas de cuidado o trabajo doméstico desde edades tempranas.

Estas barreras no son solo geográficas: son también sociales, culturales y de género. Las mujeres rurales enfrentan mayores niveles de pobreza, menor acceso a educación, tecnologías de la información y oportunidades económicas. Cuando la violencia aparece, física, psicológica, sexual o económica, las opciones de apoyo suelen ser mínimas o inexistentes.

Historias que no siempre se cuentan

Detrás de cada estadística hay una mujer con nombre, con historia y con sueños. Mujeres que se levantan antes del amanecer y se acuestan cuando la casa finalmente duerme. Mujeres que sostienen comunidades enteras con su trabajo invisible. Mujeres que enseñan a sus hijas a resistir, incluso cuando el sistema les da la espalda.

Hablar de mujeres rurales no es hablar solo de vulnerabilidad. Es hablar también de resiliencia, organización y liderazgo comunitario. En muchas regiones, son ellas quienes impulsan redes de apoyo, cooperativas, economías solidarias y formas colectivas de cuidado.

Un Decenio para no mirar hacia otro lado

El Decenio Interamericano 2024–2034 representa una oportunidad histórica. No como un gesto simbólico, sino como un llamado urgente a los Estados, a la cooperación internacional y a la sociedad civil para actuar de manera concreta.

Reconocer los derechos de las mujeres rurales implica garantizar acceso a la tierra, a servicios de salud y educación, a protección frente a la violencia, a tecnologías y a participación en la toma de decisiones. Implica diseñar políticas públicas con enfoque territorial y de género, escuchando directamente a quienes viven esta realidad.

Porque la igualdad también se cultiva

La igualdad de género no puede quedarse en las ciudades. Debe llegar a los campos, a las comunidades indígenas, a las zonas rurales y periféricas. Debe traducirse en derechos reales, en oportunidades concretas y en vidas libres de violencia.

Las mujeres rurales no piden caridad. Exigen justicia. Y reconocer sus derechos no solo transforma sus vidas: fortalece comunidades, protege territorios y construye un futuro más justo para todas y todos.

Llamado a la acción

Desde NO MORE LATAM, creemos que no hay prevención de la violencia sin justicia social, ni igualdad sin inclusión de las mujeres rurales. Este Decenio debe ser una hoja de ruta viva, construida con las voces de quienes han sido históricamente silenciadas.

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Together We Can End Domestic and Sexual Violence